porque los misteriosos caminos de la evolución tienen sus causas, consecuencias y víctimas

24.11.09

victimario


De que hubo sangre, sudor y lágrimas, hubo. Hace 150 años se publicó por primera vez El Origen de las Especies.
Me da tanto gusto que haya sido.


PD Sé que esto está tan abandonado. Dejará de estarlo, no sé cuándo, pero dejará.

31.5.09

hija de rockstar

Tras casi 25 años de vida, algunos de ellos gastados en lo que se refiere a buscar pareja, puedo concluir que, en general, me gustan los cretinos.

¿A qué me refiero con cretino? Pues a ese individuo masculino que me engaña, dice que me hablará y no lo hace (¿por qué mejor no queda en nada?), que seguramente tiene novia, que me hace sentir como trapo: cretino es aquel que me trata mal. Podría decirles que las razones de mi gusto por ellos son variadas: a) el ideal hollywoodensede que seré yo la que lo haga cambiar (por el amor, claro está); b) un ánimo freudiano de autosabotaje y complacencia (siempre es más fácil una relación “fácil”); y finalmente c) que me son sumamente atractivos.

Dado que las primera dos razones me vendría mejor tratarlas en el diván y no en el ciberberespacio, me enfocaré en la última a pesar de su aparente elusión.

Una de las acciones que caracterizan a un cretino es que no tiene una sola chica. Que las chicas involucradas lo sepan o no, depende de la clase de cretino con quien anden, pero eso no es importante para la explicación. Ahora supongamos una cosa: la cretinez es hereditaria, ¿cómo así? Padres cretinos tendrán hijos cretinos. Esto, por supuesto, no lo puedo asegurar ni me aventuraría a decir que es probable, sólo lo propongo como una suposición para el bien de mi hipótesis.

Bien, pues entonces ahora tenemos a Cretino (con gen cretino) y a sus varias chicas. ¿Qué ocurriría si este personaje embarazara a todas, es decir, si alcanzara su mayor éxito reproductivo posible dadas sus parejas? Muchas de estas señoritas tendrían cretinitos. Otras tantas tendrían incautas con gusto por los cretinos, pues, oh sí, el gen cretino en las mujeres no las hace cretinas, sino propensas a enamorarse de cretinos.

And so on…

Esta elegante hipótesis no es original mía, sino de Fisher, y es tan vieja como mi abuela, pero lo es más la cretinez. Al parecer esto es algo que sucede en la naturaleza con cierta frecuencia, tanto que hasta tiene un nombre: “hipótesis del hijo sexy”. Fisher la propuso cuando se enfrentó con la pregunta de por qué las hembras eligen a ciertos machos aparentemente anodinos para reproducirse: machos que no les dan beneficios directos (como comidita, territorios), ni tampoco son más guapos que los otros machos (no tienen colores más brillantes, colas más largas, rizos más hidratados), pero aun así existe un sesgo evidente de las hembras generación tras generación para reproducirse con ellos. Se dio cuenta de que los hijos machos de estos machos les resultaban sexys a las hembras, por lo que se reproducían más; por tanto, a pesar de que la hembra no obtuvo un beneficio directo por reproducirse con un sexy, sí obtuvo uno indirecto pues sus hijos están regando genes con facilidad, y entre estos genes hay genes de ella. ¿Qué quiso decir Fisher con sexy? Machos que les gustan nomás por nomás a las hembras, pues no tienen ni oficio ni beneficio. Genéticamente esto sería posible si el gen de la sexyness en machos se heredara a sus hijas en la forma de gusto por esta sexyness, un complejo de Electra obligatorio.

Así que la respuesta a mi gusto por los cretinos se traduce evolutivamente en que, en teoría, mis hijos serían unos cretinitos que le aplicarían la misma estrategia a incautas como yo con gustos por los malos tratos, y mis genes pasarían así a muchos nietos –cretinos a su vez-, en vez de a pocos y leales buensamaritanos.

¿Qué les puedo decir? Soy hija de un rockstar. 

30.4.09

de cómo me convertí en una víctima sentimental de la evolución

Siempre me topo con ese tipo de parejas: ella no es fea ni tampoco es guapa, no dice tanta tontería pero no brilla por su elocuencia, como tampoco brillaría por su ausencia si no estuviera justamente ahí, de la mano del chico guapo que me hace reír, inteligente (al menos da el gatazo), encantador. Y entonces es cuando yo me pregunto, ¿por qué?

Mucho tiempo esa pregunta fue respondida en mi cabeza de forma equivocada, mi aproximación era buscar un error en la ecuación y no el mecanismo que formaba a esas típicas y molestas parejitas. Esta aproximación me condujo a conclusiones tales como a que existía una indisimulable fealdad en mí evidente para los demás pero no para la vanidosa portadora (pues en realidad sé que estoy guapa); otras ramas de pensamiento se acercaron hacia una correlación entre el atractivo masculino (visto desde mis ojos) y el gen del mal gusto, teoría que no he desechado por completo pero que es muy difícil de probar (aunque ya tengo un protocolo preliminar que publicaré con más tiempo). Fue entonces cuando la evolución en forma de docencia llegó a mi vida, y con ello un nuevo capítulo en mi afán de explicar mi alrededor.
Para no hacerles el cuento largo, de forma muy resumida les explicaré una de las teorías más importantes sobre selección sexual y evolución:
Hace muchos años, un señor llamado Bateman se fijó que en general las hembras de las especies producían pocos y grandes gametos, mientras que los machos producen muchos y pequeños. Óvulos y espermatozoides. La producción de cualquier tipo de cosa requiere de recursos, por lo que producir algo más grande es más costoso que algo más chico, ergo los óvulos de las hembras son más preciados que los espermatozoides de los machos. En pocas palabras, a los machos les vale andar regando espermas por doquier, al fin tienen muchos, alguno pegará donde haya buenos genes. Las hembras, en cambio, cuidan a sus óvulos y eligen con rigor aquellos genes con los que los mezclaran, pues las hembras no sólo gastan en hacer esos gametotes, sino que se embarazan y regularmente les toca el cuidado de la prole. Por esto el sexo que produce menos y más costosos gametos es el sexo más piqui cuya estrategia consiste en cotizarse, y de esta forma trata de asegurar que sus genes pasen a la siguiente generación en individuos que tengan muchas probabilidades de sobrevivir y reproducirse; el otro sexo tiene la estrategia contraria, no pone todos los huevos en la misma canasta y asegura mucha progenie sin importarle la calidad de la melcocha.
Con esta hipótesis evolutiva de fondo y el problema de las molestas parejitas, el escenario que consuela mi autoestima queda así:
Chico Chido conoce a Chica Chida, se la pasan increíble, se gustan muchísimo, platican delicioso. Él piensa que ella es The One, ¡The One!, no busca nada más en alguien, es la chica perfecta. Entonces algo hace clic (clic in the bad sense of the word) en el cerebro de él, pues el hecho de que exista The One va en contra de su estrategia evolutiva: no puede haber sólo una, ¡tiene que haber un montón! Este clic se traduce en que Chico Chido comienza a actuar de forma errática y se culea, le da miedo la relación con The One y la deja. Chico Chido deja de ser tan chido, Chica Chida se confunde.
Entonces Chico Chido, tras haber cometido el error más grande de su vida, comienza a darle vuelo a la hilacha de su estrategia evolutiva. En este ir y venir de repente conoce a Chica Equis (de hecho conoce a muchas chicas equis, pero en algún momento conoce a una en particular que es a la que me estoy refiriendo, pero que no tiene nada de especial, es sólo una contingencia histórica) y se siente cómodo ahí. Ningún clic hace su cerebro pues no es The One, no le da miedo nada. De repente ya llevan instalados en esa comodidad de relación un par de años, ¿para qué buscar más?
Mientras tanto, Chica Chida desconcertada no entiende lo que sucede, es un duro golpe a la su vida sentimental. Es aquí cuando Gañán aprovecha la situación y con sus ventajosas tácticas seduce a Chica Chida. Resultado: pareja típica número dos.

Yo, por supuesto, me he visto en esta situación más de una vez. Reconocer a la evolución como culpable no me consuela, sólo me identifica como una víctima sentimental de ésta.